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El aborto y sus tres causales

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El Dr. Yotin Pérez explica en su artículo las tres causales que, actualmente, se discuten sobre el proyecto de despenalización del aborto. En su opinión médica, el especialista en obstetricia y ginecología, detalla cuáles son las anomalías incompatibles con la vida de un futuro ser humano, así como la clasificación de los fármacos y las contraindicaciones de su uso durante el embarazo, todo bajo la implicación ética, legal y social por la que un médico se ve afectado en este tipo de situaciones.

Sin fijar una posición sobre la despenalización o no del aborto, el Dr. Yotin opina sobres las tres causales de forma imparcial y personal. A continuación, el escrito preparado por el galeno:

Se ha propuesto desde hace unos años despenalizar la práctica del aborto usando como motivo tres condiciones a las que le han llamado “las tres causales” que incluye presencia de condiciones fetales incompatibles con la vida, condiciones en las que la vida de la madre corra peligro y en caso de que el embarazo haya sido fruto de una violación o incesto. Comenzaremos con la primera de éstas, no sin antes compartir algunos datos generales y estadísticos sobre el tema:

  • Practicar un aborto es interrumpir un embarazo antes de las 20 y las 22 semanas de gestación, debido que a partir de ahí es posible alcanzar una viabilidad fetal, aunque en muy baja proporción.
  • La viabilidad fetal es la posibilidad que un feto tiene de sobrevivir en el medio extrauterino, depende mucho del peso y el tamaño, pero también de las condiciones sanitarias y de las unidades de atención neonatales.
  • Cerca del 20% al 25% de todos los embarazos terminan en aborto (espontáneamente), cerca del 80% de esto ocurre en las primeras semanas de embarazo y casi siempre el embrión o feto muere antes de su expulsión.
  • Alrededor del 50% de los abortos son de tipo anembriónico (saco vacío) el otro 50%, por lo general, presenta alguna malformación congénita y de éstos el 25% posee anomalías cromosómicas.
  • Existen anomalías que, aunque puedan sobrepasar las 20 semanas de embarazo, son incompatibles con la vida, es decir no existe posibilidad alguna de que el feto pueda sobrevivir fuera del útero. Hay otras donde sí es posible una supervivencia.

ANOMALÍAS FETALES INCOMPATIBLES CON LA VIDA:

Anencefalia–Exencefalia–Acráneo: Malformación congénita caracterizada por ausencia total o parcial del cráneo, la piel que lo recubre y la masa encefálica, producida por un defecto en el cierre anterior del tubo neural.

Hidranencefalia: los hemisferios cerebrales están ausentes y son sustituidos por sacos llenos de líquido cerebroespinal.

Holoprosencefalia alobar: ausencia del lóbulo frontal del cerebro del embrión.

Atresia laríngea–atresia traqueal: ausencia parcial o completa de la tráquea.

Agenesia diafragmática: el diafragma no se ha formado.

Agenesia renal bilateral: el feto no tiene riñones.

Patología renal bilateral con secuencia Potter y de comienzo precoz: obstrucción y malformación congénita del aparato urinario.

Ectopia cordis: el corazón se forma fuera del tórax.

Pentalogía de Cantrell: graves defectos de formación en el diafragma, pared abdominal, pericardio, corazón y esternón.

Síndrome de bandas amnióticas: cordones fibrosos y adherentes del amnios que dañan y comprometen órganos.

Limb-body wall complex: desorden congénito en numerosos órganos.

Displasia esquelética letal con hipoplasia torácica y afectación precoz: malformaciones en el tórax que causan la asfixia.

Displasia tanatofórica, acondrogénesis, Osteogénesis imperfecta tipo II.

Algunas cromosomopatías como son: trisomía 18 (Sindrome de Edward), trisomía 13 (Sindrome de Patau), trisomía 9 (Sindrome de RETHORE).

Todas estas anomalías pueden ser diagnosticadas durante el embarazo y en algunos países son justificaciones médicas para interrumpir un embarazo. Para ello es importante determinar los antecedentes personales o familiares, buscando algún componente hereditario o factor de riesgo para estas patologías.

Estas enfermedades o defectos por recibir el denominativo de ser incompatibles con la vida sugieren una de las causales en las que el aborto estaría permitido de manera médica y controlada.

Estas condiciones son difíciles de evitar, al igual que su prevención y, sobre todo, su manejo. Tanto la ciencia como la sociedad se torna de brazos cruzados cuando se sospecha un diagnóstico de este tipo, al igual que el hecho de lidiar con una patología o morbilidad materna que amerite un tratamiento que pueda producir daños a su criatura.

Según la FDA los fármacos en el embarazo se clasifican de acuerdo al potencial riesgo que pudieran representar para el feto, por ejemplo: la clasificación A corresponde a fármacos que según los controles no ponen en riesgo al feto, B aquellos en que según estudios en animales su uso ha demostrado algún riesgo, C el riesgo no se puede descartar, D evidencia positiva de riesgo y X aquellos fármacos que están contraindicados totalmente en el embarazo. En esta última clasificación se incluyen entre otros fármacos antineoplasicos y radiaciones, la mayoría de estos usados para manejo de enfermedades malignas o neoplásicas.

Los únicos medicamentos considerados como parte de la clasificación A son las vitaminas por lo que se supone que todos los medicamentos usados durante la gestación representan un riesgo para el feto aunque en menor proporción, pero que se usan valorando riesgos y beneficios.

En nuestro país se han descrito casos de pacientes embarazadas con una comorbilidad preexistente, que impide el manejo de la enfermedad por implicaciones éticas en la que al final la mayoría de las veces fallecen ambos (la madre y su hijo). Son dramas sociales al que ningún médico le gustaría enfrentarse. Socialmente el aborto tiene implicaciones ponderables, lamentablemente, no contamos con un control en la venta de medicamentos usados en el tratamiento para casos donde el embarazo ya se ha perdido, pero tampoco con una política estatal dirigida a disminuir los embarazos no deseados que, en la mayoría de los casos, son la causa de la práctica de abortos de forma clandestina.

Una vez me tocó atender una joven de 27 años, madre de un niño de 4 años, quien fue llevada por familiares a la emergencia de un hospital refiriendo una hemorragia vaginal de unos 5 días de evolución, al abordar la paciente me rectificó que su sangrado inició hacía 10 días que ella estaba embarazada y que había usado 12 pastillas para producirse un aborto.

Lamentablemente, su estado hipovolémico tan sólo me permitió trasladarla a la sala de legrados. Este drama se vive a diario en los barrios, en los pueblos, en las provincias; son más comunes de lo se imaginan.

Nos podríamos preguntar: ¿Qué hace a una mujer querer interrumpir un embarazo? ¿Cuáles factores estimulan a tomar tal decisión? ¿Podemos juzgar a quien lo decide? ¿Conocemos sus condiciones familiares, sociales… en fin, su entorno?

Respondiendo estas preguntas quizá pudiéramos prevenir estos casos. Probablemente la solución tal vez no sea disminuir los abortos sino disminuir las causales y ése sería el punto álgido de esta problemática cuya práctica se hace más frecuente y constante.

Para ello necesitamos orientar a nuestra población, evitar los embarazos no deseados, apelar a la educación y a la planificación como base fundamental de la prevención, socializar el uso de los métodos de anticoncepción y la educación sexual de nuestros jóvenes, involucrar a toda la sociedad: padres, madres, amigos, maestros… todos los que componen la red de formación de un individuo.

La solución no sería disminuir abortos, sino evitar las causales.

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